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Un sentimiento ardiente por un café

Actualizado: 18 jul 2025


El roce de su mano sobre mi piel desataba una vibración silenciosa que se extendía por todo mi cuerpo. Notaba cómo mi respiración se aceleraba a medida que sus caricias recorrían mi brazo derecho, especialmente cuando se acercaban al hombro. Luego llegaron los besos en el cuello, suaves y pausados, como si un hilo de aire se deslizara por cada rincón de mi cuerpo, erizándome entera.

Cerré los puños con fuerza, apreté los labios para no dejar escapar un suspiro. Era consciente de que una cafetería no era el lugar indicado para dejarse llevar por ciertos impulsos. Pero él parecía estar en su propio mundo… y lo cierto es que yo también empezaba a dejarme arrastrar.

Estábamos sentados estratégicamente en un banco de madera, rodeado de cojines de colores, en un rincón tranquilo de aquella luminosa cafetería. Los ventanales dejaban entrar los rayos del sol, y aunque sabíamos que a ojos de muchos éramos invisibles, yo sentía que el universo entero podía estar observándonos.

Su mano volvió a acariciarme, esta vez deslizándose hacia abajo, hasta rozar mi muslo. El vestido amarillo, ligero y veraniego, con estampado floral, no ponía demasiada resistencia. Sus dedos recorrían mi piel con una ternura inesperada, mientras su aliento y el roce de su nariz en mi cuello me mantenían suspendida entre el deseo y la contención.

Cuando sus dedos se acercaron a mi zona más íntima, una oleada de sorpresa y deseo me invadió al mismo tiempo. “Aquí no...”, pensé. Pero lo cierto es que no quería que se detuviera. Mi ropa interior, ya ligeramente húmeda, no tardó en ceder ante sus caricias. Inhalé hondo, reteniendo el aire, como si con eso pudiera contener también todo lo que me estaba provocando.

Sus movimientos eran suaves, delicados, conocedores. No había prisa, solo una cadencia perfecta que se alternaba entre caricias y leves presiones, como si leyera mi cuerpo en un idioma que hasta entonces nadie había comprendido. Me aferré al banco con fuerza, sintiendo cómo todo mi ser vibraba. Su susurro al oído, impregnado de colonia y un dejo de chocolate, me hizo morderme los labios con una mezcla de nervios y deseo.

Entonces, sin romper el ritmo, introdujo un dedo en mi interior, primero despacio, apenas insinuándose, luego con mayor profundidad, con la seguridad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Sentí cómo el temblor me recorría las piernas, cómo mi respiración se entrecortaba. Cerré los ojos. Me dejé llevar. Y, en un instante, el cuerpo se me arqueó y el placer me envolvió por completo. Un suspiro escapó de mis labios mientras volvía poco a poco a la calma.

Noté el rubor en mis mejillas y, sin poder evitarlo, eché un vistazo alrededor. Todo parecía seguir igual. La gente seguía en sus conversaciones, con sus cafés. Nadie parecía haberse dado cuenta. Suspire aliviada.

Lo miré. Me miró. Y entre ambos se dibujó una sonrisa cómplice. Me besó en los labios, suave, dulce, y acarició mi mentón. Luego se levantó y, sin prisa, caminó hacia el baño. Yo me quedé allí, aún temblorosa, tratando de asumir lo que acababa de pasar. Sentía una calidez extraña, envolvente, que no tenía nada que ver con el café con leche, ya frío, que sujetaba entre mis manos. Di un sorbo.

Unos minutos después volvió. Se puso la chaqueta negra de cuero y me tendió la mano. La tomé. Me levanté. Y salimos juntos, caminando despacio, dejando atrás el café frío… pero llevándome dentro un calor difícil de describir.


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