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Al otro lado

Actualizado: 25 jul 2025


Te había visto otra vez. Estabas ahí, detrás del cristal empapado, donde las gotas de lluvia se deslizaban con la cadencia suave de un río cansado.

Un hormigueo me recorrió el cuerpo. Las manos, rojizas y agrietadas por el frío, se aferraban a la taza de café. El calor empezaba a devolverme la sensibilidad, pero el temblor persistía. Unas gotas oscuras salpicaron el platillo blanco, rompiendo su perfección. Aun así, no solté la porcelana.

Me concentré en el líquido negro, profundo como una noche sin luna, que dibujaba ondas concéntricas. Quería mirar por la ventana. Lo deseaba. Pero no podía. Algo —o alguien— me paralizaba.

Un golpe en la espalda me sacó del trance. Me giré bruscamente. Era el camarero. El de siempre. Aquel que, en las horas muertas, solía sentarse frente a mí y regalarme palabras que intentaban remendar mis silencios.

La gente me miraba raro, con desconfianza. Se alejaban. Lo entiendo. No estaba en mi mejor momento. Mis ropas lo delataban. Yo lo delataba.

—¿Por qué te asustas cuando miras por la ventana? —preguntó el camarero con cierto rasgo de preocupación en el rostro.

No respondí. Seguía mirando el café como si en él pudiera encontrar respuestas. Entonces sentí sus manos rodeando las mías. Eran cálidas. Acojedoras. Cerré los ojos y dejé que una lágrima resbalara, como las gotas de lluvia afuera.

—¿Qué es lo que temes ver? —insistió, acercándose un poco más.

Levanté la cabeza. Fijé la mirada triste en aquellos ojos oscuros y penetrantes como el café que reposaba en la taza. Inspiré profundamente y contesté:

—A mí.

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