En busca del tesoro
- Anna Soler Soler

- 6 abr 2021
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 28 jul 2025

El sol abrasador y la brisa marítima se filtraban por las calles de Barcelona hasta llegar al colegio donde asistían Marc y Laura, ambos de cinco años. Era hora del recreo. Sus compañeros se dispersaron para jugar. Pero ellos se quedaron en la barandilla vieja de madera mirando fijamente al horizonte.
La brisa sacudió el cabello castaño de Laura. Se lo apartó con la mano mientras hacía una mueca. Entretanto, los ojos azules de Marc eran un manto de destellos escondiendo un secreto emocionante.
—Parece que estamos en el mar —dijo asombrado—. Mira, ¡una isla!
Señaló los matorrales polvorientos que delimitaban la zona. Después de un barrido con la mirada, se fijó que una de las maestras entraba por la puerta trasera: una reja vieja y oxidada que no cerraba bien.
Marc agarró la mano de Laura y la condujo hasta allí.
—Ayer vi por la tele que unos piratas escondieron un tesoro. ¿Quieres buscarlo? —preguntó con ilusión.
—¿Un tesoro? —dijo, fascinada.
Salieron cogidos de la mano. Laura, asustada, miraba a su alrededor y fruncía el rostro por cada pitido de coche que escuchaba.
—Son los cañones de los barcos —le explicó Marc, apretándole la mano.
Laura miraba a las personas y edificios encogida por dentro, como si fuera una hormiga. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, pero empezaba a notarse cansada. Se detuvo. Marc notó el tirón y se giró. Vio unos ojos marrones empezarse a enrojecer y algo húmedos, a la vez que, también ella, se agarraba el vestido con ambas manos. Miró a su alrededor y, como si un rayo perforara su mente, dijo:
—Mira, una cueva —Señaló la boca de los ferrocarriles—. Nos llevará al tesoro. Pero tenemos que darnos prisa, hay piratas que quieren hacerse con él.
Laura se fijó como la gente salía y entraba de la cueva a toda prisa. Se limpió las lágrimas y los mocos, y se pusieron en camino. Bajaron las escaleras con torpeza, sorteando a la marabunta hasta que llegaron a unas puertas mecánicas. Se abrían y cerraban cada vez que uno de los piratas ponía un papel en su interior.
—Esas puertas nos van a comer —dijo asustada.
—Es una prueba. También lo vi. Hay que superarlas —respondió Marc con seguridad.
Le estrechó la mano de nuevo y pasaron corriendo tras un pirata con maletín. Entonces, un suspiro de alivio.
—Estamos cerca —dijo Marc—. Ahora debemos esperar a la serpiente de agua.
Subieron al tren y se sentaron uno frente al otro, al lado de la ventana. Al principio, el paisaje era oscuro y lúgubre. Sin embargo, en unos minutos pudieron ver la luz y el paisaje. Laura se pegó al cristal con ambas manos abiertas y una gran sonrisa.
—¡Niños! —dijo una voz grave—. Tendréis que bajar en la siguiente parada.
—Nos han pillado… —murmuró Marc, cruzando los brazos.
Cuando el tren se detuvo, el hombre corpulento que les había hablado los ayudó a bajar al andén. Los familiares les estaban esperando con preocupación y lágrimas en los ojos. Marc se quedó quieto, pero Laura se lanzó a los brazos de su madre.
—¡Mamá, estamos buscando un tesoro! —dijo con el rostro iluminado—. Tenía miedo, pero Marc me ayudó. ¿Quieres venir con nosotros?
Los niños no habían sido conscientes que habían caminado por la ciudad y circulado en tren solos. Habían generado un gran revuelo entre la escuela y la familia.
Para los adultos fue un susto.
Para ellos, una gran aventura.
A veces, los niños convierten la realidad más dura en pura magia. ¿Qué aventuras imaginaste tú cuando eras pequeño? Te leo en comentarios.



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