Un amor, muchos veranos
- Anna Soler Soler

- 16 abr 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2025

La brisa del mar me acariciaba la cara mientras observaba el cálido atardecer del último día en el pueblo. Cerré los ojos. Noté cómo la arena fría se escurría entre mis pies. Solté un suspiro.
—Ya no te volveré a ver… —murmuré ese día.
Había sido el mejor verano de mi vida, pero también el último que pasaría allí. Después de dieciocho años y tras el fallecimiento de mi abuelo, mis padres decidieron vender la casa familiar. No les culpo. No teníamos mucho dinero y yo ya empezaba la universidad. Aun así, cada año esperaba con ansias volver a ese lugar... para verla a ella.
No sé cuándo empezó todo, ni si alguna vez tuvo un rumbo claro. Lo único que sé es que ella siempre estará en mi memoria.
Teníamos apenas seis años cuando nos conocimos. Su pelo rubio como el oro, sus ojos verdes almendrados y su sonrisa radiante fueron suficientes para enamorarme sin remedio. Yo, tímido como era, apenas pude articular un par de palabras, pero bastaron para hacerla reír. Fue el inicio de todos nuestros veranos.
Junto a otros niños del pueblo formamos un grupo encantador. Durante el año, nos escribíamos cartas para mantener el contacto. Pero las suyas… eran especiales: papel perfumado, sobres decorados, una caligrafía que parecía dibujada.
Recuerdo con cariño cómo trepé a un árbol para devolverle su sombrero, volado por el viento. Mientras ella era siempre tan elegante, yo iba en chándal, despeinado. Muchos chicos le iban detrás, pero ella se mostraba incómoda. Nunca me atreví a decirle nada, pero no dejaba de mirar cómo apartaba la mirada, tímida.
A los trece, el grupo cambió. Las chicas hablaban de revistas y chicos. Yo jugaba al fútbol en la playa. Entre pase y pase, la observaba sentada con sus amigas. Una vez me distraje tanto que recibí un balonazo en toda la cara. Todos rieron. Menos ella. Se acercó preocupada. Yo, avergonzado, salí corriendo a casa de mis abuelos y no salí en una semana.
Con el tiempo llegaron los correos electrónicos, pero yo insistía en enviarle cartas. Muchas sin respuesta. No me importaba. Las suyas aún olían a infancia.
A los quince, el grupo empezó a salir por las noches. Bebidas, humo, presión. A mí no me gustaba, pero ahí estaba. Ella siempre decía “no” sin perder su dulzura. Hasta que una noche, uno de los chicos —borracho— intentó forzarla. Todos reían. Yo no.
Lo empujé. Hubo amenazas. Temblaba, pero más por ella que por mí. La miré a los ojos, la tomé del brazo y salimos corriendo. Cuando paramos, aún le sujetaba el brazo. Me disculpé torpemente. Ella sonrió. Me dio las gracias. Me agarró la mano. Cerré los ojos cuando su rostro se acercó... pero su beso fue en la mejilla.
—Eres un buen amigo —susurró.
Me toqué la piel ardiente. No era el final que esperaba. Pero verla sonreír, otra vez, bastaba.
El verano siguiente fue distinto. Mi abuelo falleció. Mi madre y mi tío discutían por la herencia. Yo intenté convencerla de no vender la casa. Quería trabajar, quedarme, construir algo. No funcionó. Vendieron. Repartieron. Y me fui con la sensación de haber dejado allí una parte de mí.
Hoy, con treinta y tres años, estoy aquí de nuevo. En esta playa donde crecí, soñé y la amé en silencio.
Me quité los zapatos, caminé hasta la orilla. Bajo el brazo, una caja metálica roja. La abrí. Cartas. Las suyas. Leí una, otra, otra más… y empecé a llorar.
—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó una vocecita aguda.
Una niña rubia, de ojos verdes, me miraba con curiosidad. Era como verla a ella, de pequeña.
—¡Mamá! Este señor está llorando —gritó.
Giré la cabeza. A pocos metros, una mujer joven con el mismo pelo dorado, la misma mirada transparente... y aquella sonrisa que aún recordaba.
—¡Eres tú! —exclamé con la voz temblorosa.
Corrí hacia ella. Me abrazó fuerte, como si el tiempo no hubiera pasado.
—Te he estado esperando todo este tiempo —me dijo entre lágrimas.
Me contó que tuvo una hija con un hombre que la abandonó. Desde entonces, no estuvo con nadie.
—Nunca he podido ser feliz con otra pareja —me dijo, tímida—, porque no eras tú.
La abracé. Y la besé. Como si el mar y el sol también se fundieran en ese instante.
Mientras tanto, el viento se llevaba por la arena aquellas cartas que durante años guardaron el recuerdo de lo que nunca fue… y que por fin, sí pudo ser.



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