Mi amigo: River (Castellano)
- Anna Soler Soler

- 5 nov 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 jul 2025

Se notaba que la primavera estaba al acecho. Ya se escuchaban los primeros cánticos matutinos de los pájaros. Las flores brotaban, desplegando un manto de colores en las calles y provocando esbozos de asombro y sonrisas entre quienes paseaban por allí. Parecía que todo volvía a empezar.
Aunque, para mí, solo significaba que el curso estaba llegando a su fin… y yo ya soñaba con las vacaciones de verano. El camino al instituto se me hacía eterno, sobre todo en invierno. Además, apenas llevaba dos meses allí y todavía no había hecho amigas. Tenía la sensación de que, una vez más, no encajaba.
Con el buen tiempo, aprovechaba la vuelta a casa para acercarme al río que pasaba junto al pueblo. Ese día no iba a ser la excepción.
Nada más llegar al parque, me senté junto al río y empecé a lanzar piedras al agua. Me gustaba escuchar el chapoteo cuando desaparecían entre las corrientes. Cerré los ojos e imaginé que me encontraba lejos, muy lejos… en un lugar fantástico donde refugiarme.
La brisa acarició mi pelo corto, y se me erizó la piel al rozar la nuca. Una leve sonrisa se me escapó por el cosquilleo. Pero lo que me hizo abrir los ojos de golpe fue un maullido. Agudo. Seguro que era una cría.
Me levanté, me espolvoreé la falda y seguí el sonido, hasta que entre los matorrales vi a un gatito gris, de apenas tres meses, deambulando solo. Miraba a su alrededor, perdido y confuso. Se me escapó una lágrima al verlo tan indefenso.
Miré por si su madre o hermanos estaban cerca. Nada. Estaba solo.
No lo dudé: lo tomé entre mis manos, intentando darle calor. Temblaba. Se acurrucó como una bolita gris. Le acaricié el lomo con suavidad y le dejé oler mi mano. Aun inseguro, lo llevé a casa conmigo.
Al llegar, apenas saludé y me encerré en mi habitación. En cuanto lo dejé en el suelo, se lanzó a la montaña de peluches de la esquina. Quería jugar. Lo aparté enseguida y los guardé como pude en el armario abarrotado de ropa.
—Quédate quieto, voy a traerte algo de comida y agua —le dije, preocupada por los posibles destrozos.
Salí con sigilo, cerrando la puerta, bajé las escaleras y me aseguré de que no había nadie en la cocina. Suspiré aliviada. Saqué un par de lonchas de jamón de pavo de la nevera, llené un bol con agua y volví lo más rápido que pude, haciendo equilibrios para no derramar nada.
Al entrar en la habitación, la puerta del armario estaba abierta. No lo vi. Miré a todos lados, sentí un nudo en el estómago. Empecé a llamarlo con distintos nombres… hasta que me di cuenta de que aún no le había puesto uno.
—¡Ya sé! —dije, con los ojos como platos—. ¿River, dónde estás?
Lo llamé así por el lugar donde nos conocimos.
Asomé la cabeza bajo la cama y lo encontré lamiéndose el cuerpo. Le acerqué la comida y el agua, y me aparté para dejarle su espacio. Me tumbé en la cama, observando en silencio.
Al cabo de unos minutos, salió con cautela. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, se quedó quieto. Dibujé una sonrisa y alargué la mano. Empezó a olisquear, se acercó despacio y, de un salto, llegó a mi lado.
Su ronroneo llenó el cuarto mientras dibujaba eses con la cabeza bajo mi palma. Me tumbé del todo. River trepó hasta mi barriga y se enroscó encima, formando de nuevo esa pequeña bolita gris.
Había hecho un amigo.



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