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Un amor casual

Actualizado: 17 jul 2025


Hacía ya un tiempo que estaba sola. Siempre había pensado que el amor no era lo mío; todos los hombres me parecían iguales, y para eso ya tenía mi soledad... y a mi gato. Vivía en un piso pequeño, en pleno centro de la ciudad. Un dormitorio, un baño. Nada más, ni nada menos.

Cada mañana me levantaba a las seis para llegar al trabajo a las ocho. El trayecto me llevaba poco más de una hora en coche. Lo que para muchos sería un suplicio, para mí era un rato de calma. Un momento para pensar, reflexionar o simplemente dejar que la música llenara el silencio.

Creí que ese día sería como cualquier otro. Pero no lo fue.

Estaba a punto de quedarme sin gasolina —cómo no— y no tenía intención de quedarme tirada en mitad de la carretera. Me detuve en la primera gasolinera que encontré: pequeña, discreta, casi solitaria. Pero como apenas había coches, pensé que sería rápido.

Aparqué junto al surtidor y me apresuré a entrar en la tienda. Eché un vistazo rápido: algo de comida, bebidas, lo justo para sobrevivir al viaje. Agarré una bolsa de patatas y me dirigí al mostrador. Mientras caminaba, rebuscaba la tarjeta de crédito en el monedero. Levanté la mirada y entonces lo vi.

Un chico alto, moreno, con una sonrisa que detuvo el tiempo. No sé por qué, pero me quedé sin habla. Como si una nube borrosa me envolviera de repente.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó, con gesto amable.

—¿Eh? Perdona… sí… bueno… —balbuceé, intentando recomponerme—. Veinte euros de gasolina… y estas patatas, por favor.

Aparté la vista, avergonzada. Tierra, trágame, pensé. Me cobró con naturalidad, como si no hubiese notado nada. Guardé la tarjeta, murmuré un “gracias” atropellado y salí casi corriendo a llenar el depósito.

Mientras esperaba junto al coche, lancé una mirada de reojo hacia la tienda. Fingí mirar al otro lado, pero mis ojos se desviaron a la ventana. Y allí estaba él, mirándome. Otra vez.

Nuestros ojos se cruzaron. Sonrió. Y mis mejillas empezaron a arder. Intenté disimular, pero mis manos temblaban. Su sonrisa era incomparable.

Ni me di cuenta de que el depósito ya estaba lleno. Subí al coche y seguí mi camino. A diferencia de antes, sentía el corazón palpitando con fuerza. Mis mejillas seguían calientes. ¿Me habrá visto roja como un tomate?, pensé.

Mientras conducía, sonreí. Ya tenía nueva gasolinera favorita.

Pasaron los días, incluso semanas. Volví varias veces a repostar allí, pero no volví a verlo. Cada vez que entraba en la tienda sonreía, y cada vez que salía sin encontrarlo, notaba un vacío extraño, un eco dentro del pecho.¿Por qué me pasaba esto a mí?, pensaba.

Una mañana salí tarde de casa. Llovía a cántaros, pero como tenía el coche en el garaje, no cogí paraguas. Ya en ruta recordé que desde donde aparco hasta el trabajo hay que caminar unos diez minutos. Me voy a empapar, suspiré. Pensé que podía aprovechar para repostar y mirar si vendían paraguas en la tienda.

Aparqué en el mismo sitio de siempre, dejé el bolso en el coche, cogí solo el monedero y corrí hasta la tienda. Nada más entrar, como siempre, miré hacia el mostrador.

Mi corazón dio un vuelco. Allí estaba él.

—Nos volvemos a ver —dijo, sonriendo.

—Hola, sí... hacía tiempo que no estabas por aquí —respondí sin pensar. Al instante me arrepentí. ¿Sonará como que lo he estado esperando?

—Trabajo a turnos —contestó, sin perder la amabilidad—. Mañana, tarde, noche... no es fácil coincidir.

Me paseé entre las estanterías, buscando algún paraguas, aunque fuera uno sencillo. Di varias vueltas pero no vi nada.

—Perdona... ¿tenéis paraguas? —pregunté, tímida.

—Lo siento, pero no vendemos —respondió, y al verme la cara de decepción, añadió con gesto apurado—. ¡Espera!

En pocos segundos regresó con un paraguas negro en la mano.

—Ten, te presto el mío.

—¡Pero qué dices! No puedo aceptarlo, ¿y tú qué harás?

Estuvimos un rato discutiendo, en voz baja, como si estuviéramos atrapados en una escena absurda pero íntima. Por suerte no había nadie más. Al final, tras mucha insistencia, acepté... con la condición de devolvérselo.

—La semana que viene voy de tardes —me dijo mientras abría la puerta para salir. Le sonreí y la cerré tras de mí.

Ese día tuve que usar el paraguas varias veces, no solo para ir al trabajo, sino también para las compras. Cada vez que lo abría, recordaba su sonrisa, y mis mejillas volvían a calentarse.

Llegué a casa, dejé el paraguas apoyado en la pared y guardé la compra. El día había sido largo. Me tumbé en el sofá, puse una serie... pero mi mirada volvía, una y otra vez, al paraguas. Como si dentro de él hubiera quedado atrapado algo de ese encuentro.Y sin darme cuenta, me dormí.

La semana pasó volando. El lunes llegó sin aviso. Me esperaba un día largo: reuniones, visitas a centros, trabajo pendiente. Saldría tarde, quizá a las once. Mientras me preparaba, vi el paraguas apoyado en la entrada. Recordé su sonrisa, y también lo que me había dicho: “La semana que viene voy de tardes”.

Hoy es el día, pensé. Lo metería en el coche y pasaría por la gasolinera.

El día fue eterno. Cuando por fin pude salir, eran las nueve y media de la noche. Corrí hasta el coche. Tardé un buen rato en encontrar las llaves dentro del bolso —un caos de objetos— hasta que recordé que estaban en el bolsillo de la chaqueta.

“Qué despiste…”, murmuré, con una sonrisa.

A las diez y media, divisé la gasolinera a lo lejos. Aparqué, cogí el paraguas y entré. Levanté la vista... y se me cayó la sonrisa. Había una chica tras el mostrador. Fingí buscar algo entre los estantes. Acabé cogiendo una bolsa de patatas, lo de siempre. El depósito estaba casi lleno, así que pedí solo diez euros de gasolina. Pagué, guardé la tarjeta, y salí con los hombros bajos.

Entonces lo vi.

Estaba junto a su coche, repostando. Mi cara se iluminó.

—Cómo no, las patatas que no falten —dijo con una sonrisa burlona.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, entre sorprendida y divertida.

—Mi coche no arrancaba. Llamé a la grúa, pero le dije al conductor que prefería esperar... porque alguien me debía un paraguas —añadió, mirando el que llevaba en la mano.

Se acercó. A solo unos centímetros, podía notar su respiración. Me cogió de las manos, haciendo que el paraguas cayera al suelo. El contraste entre sus manos calientes y las mías frías fue eléctrico. Bajé la mirada, intentando ocultar mis mejillas rojas.

Él levantó mi mentón con suavidad y dijo:

—Por cierto... aún no sé tu nombre.

—Me llamo Aisha —respondí, casi en un susurro—. ¿Y tú?

—Javi —dijo. Y me besó, con dulzura.

Nos quedamos un rato abrazados, bajo las luces de la gasolinera, con olor a gasolina y asfalto mojado.

Jamás imaginé que un encuentro casual pudiera romper la barrera que yo misma le había puesto al amor.


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