top of page

Tras las máscaras (Castellano)

Actualizado: 25 jul 2025


Me encontraba en una sala muy grande, elegante, con paredes enormes de un color beige con tonos dorados. Del techo colgaba una preciosa lámpara de araña cuyas gotas parecían agua cristalizada. La luz que irradiaba mostraba una fiesta ambientada en el siglo XVIII, en la que todos llevaban vestidos y pelucas muy elegantes y estrafalarios.

Pero lo que más llamaba mi atención eran aquellas máscaras que impedían ver quién se escondía tras ellas. Había de todos los colores y tamaños: algunas alegres, otras tristes, atemorizadas o enfadadas. Solo había una condición: nadie podía quitarse la máscara para mostrar su rostro. Podías cambiarla por otra, pero jamás mostrar quién eras realmente.

Dicho así, parecía que no tuviera que conocer a nadie, pero era todo lo contrario. La máscara era lo que me hacía reconocer a cada persona, pensando que su forma de actuar y comportarse era esa.Había gente que, desde la última vez, había cambiado de máscara. Antes parecían más cercanos y confiables, pero con el tiempo se habían ido distanciando. Las dudas siempre eran las mismas:¿Alguna vez había visto una máscara verdadera? ¿Quién era realmente esa persona?

Mientras avanzaba entre los invitados —un poco complicado— observaba con curiosidad los cambios de aquellos que conocía. Creía que algunos seguían igual. En mi rostro se dibujó una sonrisa, camuflada bajo aquella máscara atemorizada.

Al final, no sabías en quién confiar. No sabías si el problema eras tú, el otro… o tal vez los dos.

Me movía por la sala con la sensación de que todos me miraban y cuchicheaban.

¿Había hecho algo mal?

Buscaba a las personas que me importaban. Necesitaba a alguien. Pero no los encontraba. Ni siquiera a los más cercanos. Sin embargo, había otros que, aunque no estaban cada día, también eran importantes para mí.Y aun así, tampoco lograba encontrarlos.

La multitud se había convertido en un laberinto de rostros que me observaban. La desesperación me invadía.

¡Yo no quería tanta gente!

Yo solo anhelaba estar con aquellos que quería y que me querían, pero desde la sinceridad y el corazón, no por interés.Siempre había estado allí cuando lo necesitaban. Luché. Les defendí. ¿Por qué no los encontraba? Sabía que estaban. Lo sabía.

Entre todos esos pensamientos, y sin darme cuenta, llegué a un pasillo eterno, lleno de puertas a los lados. Decidí abrir cada una de ellas sin pensar en lo que podría encontrar. Vi imágenes del pasado: buenos momentos, otros no tanto, nervios, emociones, alegrías, tristezas… Pero ellos no estaban. Abatida, me dejé caer al suelo, con la mano aún agarrada al pomo de la última puerta que había abierto, mientras las lágrimas iban tiñendo de negro el vestido azul claro que llevaba puesto. No entendía por qué me sentía así. Pensaba que siempre estarían.

Escuché unas risas. Me costó levantar la cabeza, pero hice un esfuerzo por secarme las lágrimas con la manga, dejando un rastro oscuro. Me levanté. Fue difícil, pero no imposible. Seguí aquellas voces que retumbaban: voces conocidas que destacaban por encima del alboroto de la fiesta. Avancé unos cuantos pasos más, hasta llegar a la última puerta, justo al lado de una ventana que marcaba el final del pasillo. Estaba abierta, y la corriente de aire me empujaba hacia ella. Me quedé plantada frente a la puerta, dudosa. El miedo se apoderaba de mí. Cerré los ojos y conté hasta tres. La abrí de un golpe, al igual que mis ojos, que se abrieron de par en par.

Efectivamente, allí estaban todos, con sus máscaras. Algunas diferentes a las que había visto hasta entonces. Reían. Se lo pasaban bien. Mi cara de sorpresa y decepción quedó escondida tras la sonrisa de mi máscara. Había tenido tiempo de cambiarla. Quería que me vieran con mi mejor faceta. Sin embargo, petrificada, notaba un dolor en el pecho. Sentía que el corazón se encogía, la respiración se aceleraba y me faltaba el aire. Lo único que quería era desaparecer de aquella habitación.

Otra vez no, pensé, mientras las lágrimas ocultas volvían a brotar sin parar.

Poco a poco, retrocedí unos pasos y miré a la izquierda, donde la ventana seguía abierta. Esta vez, sin embargo, el aire no me empujaba. Me arrastraba. Unas voces me susurraban. Me gritaban. Me persuadían a que ese era mi camino.

No dudé.

Me lancé a la oscuridad, con mi vestido, entero, teñido de negro.


2 comentarios


Anna Soler Soler
Anna Soler Soler
26 sept 2020

Muchas gracias Ren!! 😊😊

Me gusta

Renato D. Araujo
Renato D. Araujo
26 sept 2020

Muy bueno Nuski! Esto me recuerda a acontecimientos recientes. Sigue con tus relatos son geniales ❤

Me gusta
Publicar: Blog2 Post

Formulario de suscripción

¡Gracias por tu mensaje!

  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn

©2020 por Anna Soler. Creada con Wix.com

bottom of page