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La soledad de Pedro

Actualizado: 25 jul 2025


Otro año más en la diminuta habitación. Pedro estaba sentado en su cama apoyando la cabeza sobre las manos mientras miraba fijamente la moqueta verde, vieja, con olor a humedad y a quemado. Los cigarrillos apagados en el suelo eran las únicas marcas de vida.

Ese día tenía que ser especial, cumplía los treinta, pero apenas se acordaba de su edad. Celebrar años era una tortura.

Nació bajo el umbral de una familia de clase obrera, tenían lo justo para llegar a fin de mes. Su madre fue un gran pilar durante la infancia, un refugio. Le enseñó a hablar, leer, contar y escribir, hasta que a los seis pudo ingresar en un colegio. Apenas veía a su padre. Trabajaba de sol a sol en un fábrica de coches y, al finalizar la jornada, se perdía entre copas con sus compañeros. Cuando llegaba a casa, apestando a alcohol, Pedro ya estaba durmiendo... o fingía hacerlo. Muchas veces, escuchaba las fuertes discusiones entre ellos. Y los golpes contra su madre. Inmóvil, sin saber cómo reaccionar, se encogía hecho un ovillo en la cama bajo la almohada y apretaba los ojos con fuerza. Quería desaparecer.


El colegio, el siguiente infierno. Sin amigos ni ayuda, le acechaban en todo momento mientras los profesores volteaban la mirada. Vivía en un barrio conflictivo y sabía que lo último que encontraría allí era alguien que le ayudase. La soledad le definía, hasta que empezó a hablar con sus compañeros imaginarios, para nada usuales: monstruos diabólicos, con dientes afilados, ojos penetrantes y piel áspera.

A los doce, empezó a hacer caso a los susurros de los monstruos, se cansó de ser el torturado y comenzó a golpear a todo aquel que se metía con él. Poco a poco, se fue ganando la reputación de “El Loco”. Había conseguido que no le abuchearan. Se apartaban de él, como si le envolviera una burbuja. No obstante, llevaba a los monstruos a su lado.

Otro infierno, la adolescencia, El reformatorio fue su nueva casa después de matar a una persona fruto de una pelea callejera. Para entonces, su padre no quiso saber nada más de él y su madre murió de cáncer.


Con el tiempo, le reinsertaron en el mundo laboral como peón en una fábrica de madera. Allí tampoco hizo amigos, seguía hablando solo y se ceñía a su horario.

Nunca tuvo un cumpleaños como los demás y ese año tampoco iba a ser diferente. Miró la mesita de noche. Un bote lleno de pastillas. Lo agarró mientras una lágrima deslizaba por su mejilla. El reflejo de la gota en su recorrido estaba lleno de recuerdos. Entonces, el sonido del bote vacío rebotó por las cuatro paredes de la habitación. Pedro se acurrucó en la cama junto a sus monstruos, quienes se lo llevaron al mundo en el que siempre quiso haber vivido.

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