Humos de misterio (Primera parte)
- Anna Soler Soler

- 18 jun 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 20 jul 2025

Colgué el teléfono. Le di una última calada al cigarrillo con la intención de recargar energías para lo que estaba por venir. Solté el humo con un suspiro. —¿Un suicidio? —pensé. Cogí el abrigo rápidamente y le hice un gesto a Tom para que me siguiera.
—Un hombre de 35 años ha sido hallado muerto en la calle. Presuntamente podría tratarse de un suicidio —le comenté a Tom mientras caminábamos con paso ligero hacia el coche.
Nos dirigíamos al centro de la ciudad. Había demasiado tráfico como para avanzar con fluidez, incluso con la sirena encendida. No me gustaba el estrés que generaba la ciudad: el ruido, la cantidad de gente. Sentía que trayectos de diez minutos se alargaban como una eternidad. Después de esquivar a los ciudadanos curiosos, por fin llegamos.
Al abrir la puerta, me golpeó ese aire cargado y el olor a humo de coche. Estábamos en una de las avenidas más importantes, donde crecían aquellos rascacielos que parecían gigantes de acero. Aunque ya estaba acostumbrado a la vida cosmopolita, esos edificios siempre impresionaban. Me encendí otro cigarrillo. Necesitaba despejar la cabeza. Me acerqué a la zona restringida, marcada con una cinta amarilla, justo a los pies de un edificio muy relevante del sector financiero. Policías trabajaban detenidamente en el perímetro, así que decidí acercarme al encargado mientras Tom se dirigía al cuerpo.
—Tenemos declaraciones de diferentes testigos, compañeros de trabajo y gente que vio lo sucedido. Todo apunta a un suicidio —me dijo el encargado. —El estrés laboral acabará con la existencia de la humanidad —añadió, apoyando su mano en mi hombro con gesto resignado.
Di un par de caladas rápidas al cigarrillo, lo tiré al suelo y me acerqué al cuerpo. El hombre yacía boca abajo sobre un charco de sangre que había empapado casi toda su camisa blanca; solo la parte posterior quedaba intacta. “Muerte por impacto”, deduje. La teoría era evidente, pero mi intuición me decía que había algo más.
Me agaché para observar mejor el cuerpo. Había unas marcas finas y cortas en la parte superior de la espalda, apenas visibles. Me aparté para encender otro cigarrillo. En la primera calada, un hormigueo me recorrió el cuerpo.
No era un suicidio. Era un asesinato. Aquellas marcas podrían indicar que alguien lo empujó desde lo alto del edificio. Me quedé observando el cuerpo, tomando notas en mi pequeño bloc de tapa de cuero negro y haciendo algunas fotos. Luego me dirigí hacia Tom y el encargado, que parecían conversar.
—Perdone, encargado. ¿Sería posible hablar con los compañeros de trabajo más cercanos y con quienes estaban presentes durante el incidente? —le pregunté amablemente, anotando la ubicación en mi bloc.
—No hay problema. Aunque ya hemos hablado con todos ellos y tienen coartadas —me respondió con rostro sorprendido.
Nos acompañó hasta las oficinas donde trabajaba la víctima, Liam Williams. Un espacio impersonal, lleno de oficinistas trabajando sin descanso. Las mesas estaban organizadas en hileras. Mientras caminábamos, noté que casi nadie nos prestaba atención. Todos estaban absortos en sus pantallas.
—Veo que trabajan sin parar —comenté.
—Eso mismo le he dicho al jefe de departamento —contestó el encargado, mirando a su alrededor—. No tienen casi tiempo de descanso. Si no rinden, están fuera. Por eso la mayoría apenas se conocen.
—¿A qué se refiere? —pregunté, intrigado.
—Como mucho, se relacionan con quienes tienen al lado, enfrente o detrás —dijo, suspirando con pesar.
Seguimos hasta una zona con mesas más amplias y sillas cómodas, separadas por paneles. Claramente, un espacio para empleados con cargos más altos. Al fondo, tres cubículos de cristal: dos pequeños a los lados y uno grande al centro, con cortinas para privacidad. En la puerta del medio se leía: “Jefe de departamento”.
El encargado llamó suavemente. Desde dentro respondieron rápidamente. El despacho era elegante, con un gran ventanal que dejaba entrar la luz. Una mesa de madera gruesa presidía la sala. A los lados, estanterías repletas de archivos y libros. Detrás de la mesa, un hombre joven, de unos 38 años, tecleaba sin parar.
Cuando el encargado intentó hablar, el hombre levantó un dedo para pedir silencio. Tras unos minutos, se levantó, revelando una figura imponente. Moreno, alto, traje impecable y una colonia tan intensa que me hizo arrugar la nariz. Nos dio un apretón de manos firme, demasiado firme.
—¿En qué puedo ayudarles, agentes? —preguntó con aparente despreocupación.
—Estos agentes desean hacerle unas preguntas a usted y a quienes estaban más cerca de la víctima —le explicó el encargado.
—Pensaba que estaba todo claro —dijo, sorprendido—. ¿No fue un suicidio?
—Hemos encontrado indicios que podrían apuntar a un homicidio. Así que, si es tan amable, señor...
—Carter. Mike Carter.
—Señor Carter —asentí—. Me gustaría hablar con usted y con quienes trabajaban cerca de la víctima. Solo es rutina.
—Por supuesto. Voy a avisarles —respondió con cierto tono irónico.
Salió del despacho, habló con alguien cercano y volvió al instante.
—Ya vienen —dijo con una sonrisa.
—Agentes, les dejo al mando —dijo el encargado—. Voy a seguir en la escena.
Tom y yo nos quedamos observando el lujoso despacho, tan distinto al bullicio del exterior. En menos de tres minutos, cuatro personas esperaban a la puerta. Carter les hizo pasar con un gesto. Dos hombres, dos mujeres, todos impecables, con la típica indumentaria de oficina.
—Les presento —dijo Carter, de pie.
Primero, Henry Lays, alto, rubio, unos cuarenta años, rostro serio, saludo correcto. Luego, Steve Connor, más joven, unos treinta y cinco, moreno, gafas redondas, nervioso. Lisa Collens, cercana a los cincuenta, bajita, mirada perdida pese a su porte firme. Y Judith Faston, joven, alta, posado recatado, manos entrelazadas, la mirada fija en el suelo.
Cinco sospechosos, incluyendo al propio Carter. Había algo en él que no me gustaba. Anotaría declaraciones y observaría con atención. Tenía la intuición de que uno de ellos era el asesino.
—Perfecto. Me gustaría que fuéramos a la habitación desde donde, presuntamente, cayó la víctima —dije, señalando hacia la puerta.
—Por supuesto —afirmó Carter con una sonrisa—. Por aquí, por favor.



Jajaja! Eso la semana que viene 😜
quien sera el asesino? To be continued..