El esbozo de una bicicleta roja
- Anna Soler Soler

- 10 mar 2020
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2025

Y allí estaba de nuevo: la bicicleta roja, apoyada con delicadeza en la valla del puente junto a mi casa. No sabía qué tenía, pero cada mañana, al abrir la puerta y enfrentarme al bullicio de la calle, la veía en el mismo sitio, reclinada hacia la derecha, sujeta con un candado rojo a juego.
Tenía algo especial: el manillar curvo, los radios brillantes, el sillín impoluto. Cada detalle parecía cuidado con mimo. En mi mente, su dueña debía de ser una joven ordenada, elegante, quizá con gusto por la moda vintage. Nunca la había visto, pero no importaba: mi imaginación se encargaba de dibujarla cada día con más nitidez.
Esa mañana, al subir las escaleras de piedra que llevaban a la calle, escuché un clic metálico. El giro de una llave en un candado. Me detuve en seco. El corazón me latía con fuerza. ¿Y si al fin era ella?
Inspiré hondo y me giré.
Frente a la bicicleta estaba un anciano. Vestía tonos neutros, un abrigo largo, y su rostro, surcado por arrugas, tenía una expresión suave, melancólica.
Y en ese instante entendí: no todo lo que imaginamos busca cumplirse. A veces, lo inesperado también puede ser bello.



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