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Desesperación

Actualizado: 25 jul 2025


Había llegado el día de poner rumbo a mi viaje. Pensaba que ya estaba preparada, lo había planificado y organizado todo para que pudiera ir según esperaba. Me habían contado tantas cosas sobre este viaje, que no podía esperar más para empezarlo. Quería llegar a ese destino donde todos tenemos que ir y del que siempre la gente habla, donde se encuentra la felicidad, el poder vivir, compartir y estar con más gente como yo. Desde pequeña había estado aprendiendo muchísimas cosas que me ayudarían a lo largo de mi camino.

Así que me vestí, sin querer poner demasiado empeño, escogí un look que se acercaba más a lo formal pero cómodo, uno que me permitiera dar muchos pasos en mi camino sin dejar de dar una buena impresión. Me arreglé con una camisa blanca, con cierto olor a suavizante, me puse unos pantalones tejanos ajustados pero cómodos, de color azul marino, una americana también azul marino para dar un toque más ejecutivo, unos pendientes pequeños, simplemente para dar un toque de diferencia a mi apariencia que había tenido hasta entonces, y unos botines negros cómodos que me permitieran dar muchos pasos en mi vida. Lo que sí no podía faltar era mi gran mochila viajera, en la que iría llenando las experiencias a lo largo del recorrido.

Ahora mismo estaba vacía, pero llevaba mucho tiempo cosiéndola a mano con todo aquello que había ido aprendiendo. No era de un solo color, pero destacaba el azul, que me encanta. Recuerdo todo lo que me costó acabarla y, aun así, sabía que podía seguir cosiendo para hacerla aún mayor. Pero creo que ese era el trabajo que tenía que hacer durante mi camino. Entre tanto azul podíamos distinguir el color rojo como base de la mochila. Aún recuerdo cuando empecé con la base: un rojo intenso se apoderaba de mí, sentía como si en la vida no hubiera más colores. También tenía un par de bolsillos amarillos en el lateral izquierdo, uno encima del otro, donde recuerdo momentos de luz, esperanza y confianza. Tenía dos bolsillos rosas, uno externo, en la parte frontal, y otro interno, donde guardaría aquello más preciado. Justo en el otro lateral contaba con dos bolsillos más, uno lila y otro verde, también colocados uno encima de otro.

Respiré hondo frente a la puerta de entrada, coloqué la mano en el pomo y la abrí dubitativamente. La luz que irradiaba desde el exterior era increíble. Por un momento me cegó la vista y no tuve más remedio que taparme los ojos con el brazo para acostumbrarme poco a poco. Hacía un sol radiante y brillante y yo lucía un aspecto con energía y expectativas por saber lo que el mundo me depararía.

Avancé unos pasos y me detuve. Hacía un poco de viento, una brisa que llevaba consigo unos susurros que me animaban a continuar. Sin embargo, frente a mí vi dos caminos a tomar: uno tenía un sendero marcado, con un ambiente agradable y lo que me parecía ser un camino más fiable. Por otro lado, veía hierbas altas y todo tipo de vegetación, como un lugar inexplorado. Me quedé pensativa por unos instantes, pero la brisa continuaba, igual que los susurros, que me empujaron directamente al camino marcado. Eso me dio a entender que ese era el camino escrito que tenía que tomar.

Volví a respirar hondo y di mi primer paso. Por fin había empezado todo. La brisa era suave, pero clara en mi piel y sobre todo en mis oídos, porque seguía escuchando aquellos susurros que indicaban el camino a seguir. Mientras caminaba, recordaba la importancia de seguir ese camino pese a las dificultades que pudiera encontrar, ya que, según lo que se me había dicho, todos tenían que pasar por aquí. Estuve un rato pensando, hasta que el viento, sutil pero con claridad, llevó mi mirada hacia una piedra gris con forma rectangular que había en el camino. Tenía que ir recogiendo aquel material para construir mi hogar cuando llegara a mi destino. Todos lo habían hecho así. Sin más dilación, fui directa a la piedra y la puse dentro de la mochila. Al abrirla, vi aquel bolsillo rosa en el interior, donde guardaba objetos preciados, cerca de mi corazón. Cerré los ojos y pensé que me gustaría pasar más tiempo con esos objetos, ya que eran muy importantes. Pero de repente, el viento volvió a susurrar en mi oído: tenía que continuar. Así que coloqué la piedra dentro de la mochila, la cargué a cuestas y seguí mi camino.

El sendero parecía muy agradable: escuchaba el canto de los pájaros y las fragancias de flores silvestres, que con cada respiración hacían que mis pasos fueran más firmes que los anteriores, mientras la brisa y el viento seguían susurrando. Por el camino, encontraba piedras que iba colocando dentro de mi preciada mochila viajera. Poco a poco, notaba cómo se iba llenando y el peso empezaba a ser considerable. Pero imaginaba que esa era la carga que tendría que ir soportando.

Sin darme cuenta, y a medida que avanzaba, la mochila pesaba más. Mis pasos ya no eran tan firmes, pero no me impedían continuar. Estaba en las nubes, pensando en mi futuro, y no noté cómo la vegetación se había espesado y ya no veía aquel amplio y marcado camino. Al fijarme bien, vi que el sendero se había hecho más estrecho, aunque seguía lo suficientemente marcado para continuar. Lo que sí notaba era que la vegetación estaba más cerca de mí: casi sin moverme podía tocar las ramas y arbustos. Mi espacio vital estaba siendo invadido. Además, ya no había tantas flores, los pájaros no cantaban y el viento soplaba con más intensidad. Al principio me asusté, pero los susurros continuaban, ya no tan sutiles, pero igual de claros.

Sin apenas darme cuenta, me había adentrado en un bosque. Me paré un instante y miré al suelo. Qué alivio ver que el sendero seguía ahí, pero al levantar la cabeza y mirar a ambos lados vi una inmensidad de árboles a mi alrededor, con troncos que al menos tenían tres metros de diámetro. No había flores ni pájaros cantando. Creo que había entrado en uno de esos lugares por los que tenía que pasar sí o sí, o eso era lo que el viento seguía susurrando. Quise dar un paso atrás, pero el aire me empujaba hacia adelante. Era lo que estaba marcado, lo normal. Tenía que seguir por ese camino. Miré hacia arriba en busca de alguna luz que me guiara, pero los rayos del sol apenas penetraban la frondosidad de las hojas de esos árboles gigantescos. Todo se volvía muy oscuro.

Cada vez era más difícil avanzar. Llevaba mucho peso en la espalda, apenas podía mantenerme recta como antes, y el sendero se hacía más estrecho. Sentía que mi mochila estaba llena de piedras, pero conforme avanzaba, parecía que más piedras caían de esos árboles gigantes y se posaban en mi espalda, ya un poco curvada. Me giré para ver qué piedras eran, porque yo no las había cogido. Lo sorprendente era que no podía verlas; no había nada más que las piedras que había recogido durante el camino. Sin embargo, sentía una carga invisible que se aprovechaba de mi viaje para avanzar.

A medida que avanzaba, notaba que me faltaba el aire. Muchos arbustos me rozaban y rasgaban la ropa. Ya no tenía la misma apariencia formal del principio. Decidí quitarme la americana: ¿para qué me serviría? Estaba totalmente rasgada. Además, empezaba a quedar floja y ya no me sentaba bien.

Quise seguir avanzando a duras penas. Las ramas, cada vez más gruesas, rozaban mi cuerpo a cada paso, causándome heridas en la cara y en las manos, y desgarrando la camisa y los pantalones, dejando mis brazos y piernas arañados.

Todo el ambiente se volvía más pesado, más pequeño, y apenas quedaba aire para respirar. Aunque sabía que estaba en un bosque, la sensación era la de caminar por una cueva estrecha y sin luz, como si pendiera de un hilo. Sentí que mi cuerpo cedía y caía al suelo. Me quedé a cuatro patas, arrastrándome como un animal bajo el peso insoportable de la mochila, intentando avanzar.

El viento se volvió muy fuerte, ya no eran solo susurros, sino voces que acechaban mi cabeza diciéndome qué tenía que hacer. No podía mirar atrás ni a los lados, solo permitía avanzar por un sendero apenas visible entre tanta oscuridad. No quería ir por ese camino, estaba asustada y tenía miedo. Empecé a notar que ya no tenía control sobre mí misma. Mi cuerpo no respondía a mi voluntad y cedía más. Las piedras seguían cayendo sobre mi espalda hasta que quedé tumbada en el suelo. Intenté reptar para seguir adelante y salir de ese mundo oscuro que me tenía atrapada. Lo intenté. Pero fue demasiado peso. Me rendí. Ya no podía más. Quería irme de allí. Me quedé tumbada, sola, bajo aquella mochila enorme que me había dejado rendida, sin posibilidad de movimiento. Se acabó. La oscuridad, el viento y el peso me consumieron, dejándome allí para siempre.

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