Amar en la distancia
- Anna Soler Soler

- 21 may 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 18 jul 2025

Es duro querer a alguien en la distancia, pero más duro fue, para mí, querer a una persona teniéndola siempre al lado… y que no lo supiera.
Leo era mi mejor amigo desde la infancia. Habíamos jugado, dormido en casa del otro, celebrado festividades con las dos familias unidas. Vamos, que se podría decir que éramos como hermanos. Lo que nadie sabía —ni siquiera él— era que yo estaba enamorada.
Hasta llegar al instituto vivimos momentos divertidos que siempre quedarán en mi memoria. Pero cuando entramos en plena adolescencia, algo cambió. Aunque seguíamos hablando, ya no teníamos la misma conexión. Leo se unió a un grupo de amigos con los que jugaba a fútbol y se volvió muy popular, tanto entre chicos como entre chicas. En cambio, mi timidez y amor por los libros me alejaron poco a poco de ese mundo. Las pocas veces que nos veíamos, normalmente cuando coincidían nuestras familias, me contaba historias sobre las chicas con las que había salido. Yo le escuchaba, le aconsejaba, le apoyaba en todo… aunque por dentro, me doliera. Muchos de mis consejos le ayudaron en sus relaciones, aunque la mayoría no llegaran a buen puerto.
Cuando empezamos la universidad, Leo decidió irse a estudiar al extranjero, en Alemania. Sus padres podían permitírselo sin problema. Yo, en cambio, me quedé con la noticia atravesándome el pecho. Si ya era difícil quererle viéndolo a diario, la distancia no haría más que agrandar el abismo.
El día de su partida, familiares y amigos lo acompañamos al aeropuerto. La mayoría contenían las lágrimas, aunque sabían que no era una despedida definitiva. Cuando llegó mi turno, lo miré tímidamente sin saber muy bien cómo actuar. Mis dedos jugaban entre ellos, nerviosos, hasta que él me agarró las manos y, con una sonrisa, me dijo:
—Nos volveremos a ver pronto.
No pude evitar que algunas lágrimas resbalaran por mis mejillas. Él las secó con la yema de los dedos y luego me dio un beso en la frente. En ese momento, sentí cómo me ardían las mejillas y me tapé el rostro para que no se notara. Entonces, casi sin darme cuenta, metió una mano en el bolsillo de su pantalón vaquero, y al agarrarme de nuevo, noté que algo se interponía entre nuestras palmas. Me guiñó un ojo y me soltó poco a poco para abrazar a mis padres, que estaban justo al lado. Yo no quise abrir el puño, por miedo a que se me cayera lo que hubiera dentro, así que lo mantuve cerrado hasta que se marchó.
El regreso en coche fue silencioso, casi fúnebre. Nadie dijo nada. Fue entonces cuando decidí abrir la mano, con cuidado. Tenía las marcas de las uñas en la palma por haberla cerrado con tanta fuerza. Entre los dedos temblorosos, apareció un trozo de papel arrugado. La curiosidad me venció. Lo desplegué despacio, reconociendo al instante la letra pequeña y algo desordenada de Leo. Había compartido con él demasiados cuadernos, dibujos y mensajes como para no reconocer su trazo.
“Nunca me atreví a decírtelo, ni sabía cómo hacerlo, pero siempre te he llevado en mi corazón. Toda la vida me has ayudado y nunca me he sentido solo.
Recuerdo que de pequeños teníamos una relación muy especial, pero cuando empezamos el instituto, vi un cambio en ti que me volvió loco. Me asusté. Empecé a alejarme porque tenía miedo de mí mismo. No quería arruinar lo que teníamos.
Después, ya no supe cómo volver. Cómo hablarte. Cómo decirte lo que sentía.
Lo sé, he sido un idiota y un cobarde al contártelo en una nota. Pero espero que puedas perdonarme.
Ojalá podamos recuperar esa conexión… o, tal vez, llegar más lejos.
Solo me queda decirte una cosa:
Te quiero.”



Exelente 👏🏻👏🏻👌🏻
¡¡Bravo!! Relatos románticos 👏👏👏